Seguro que has oído alguna vez hablar de la ley del hielo, esa situación en la que una persona necesita obtener una respuesta y la otra la ignora no dando ninguna señal.
Aunque esto es muy frecuente entre parejas, y en ellas nos centraremos, también encontramos este tipo de conductas entre amigos, familiares, compañeros de trabajo…
Anteriormente, en otros artículos, hemos hablado de los estilos de apego, pues bien, en esta situación es muy frecuente encontrar la Díada Ansioso – Evasiva. Cuando en una relación un miembro de la pareja tiene un estilo de apego ansioso y la otra un estilo evasivo, la ley del hielo aparece en escena casi como algo natural en la interacción.
¿Por qué ocurre esto? Pues porque el ansioso necesita expresar y que el otro miembro de la pareja responda y esté involucrado durante la situación conflictiva, mientras que el evitador suele bloquearse ante la actitud perseguidora del otro. Y este ciclo va escalando y creciendo porque cuanto más reclama el ansioso, más huye la persona evitativa.
El evitador probablemente se siente abrumado ante las quejas y exigencias del otro, en su repertorio de conductas puede que no disponga de una respuesta afectiva que consiga calmar al otro, por tanto, una de las opciones más fáciles es huir y callar.
Pero, ¿cómo se siente el ansioso ante la no respuesta? En ese momento la persona con necesidad de expresarse y obtener respuesta siente que su pareja está invalidando sus emociones al ignorarla por completo. En este momento cualquier respuesta podría calmar un poco la ansiedad, aunque fuera un gesto, o incluso seguir discutiendo, en este caso la peor respuesta es la que no se da.
El evitativo generalmente no transmite su dificultad para atender a esa necesidad, simplemente hace como que no fuera con él, lo que causa un profundo dolor e impotencia al otro.
En ocasiones el evitador puede utilizar el silencio como una forma de castigo, hacia quien, de alguna forma, perturba su tranquilidad con continuos reclamos.
En cualquier relación personal puede aparecer el conflicto, de hecho es habitual que ocurra, y no necesariamente tiene que ser un evento negativo, ya que a través del conflicto bien gestionado se pueden lograr cambios positivos y es una oportunidad de mejora en la relación.
Cada persona se enfrentará a las discusiones en función de sus propias experiencias, su forma de vincular con sus seres queridos, la manera en la que gestione los problemas, rasgos de personalidad o circunstancias específicas personales y del ambiente que nos rodea.
Pero, en cualquier caso, la ley del hielo es un tipo de abuso psicológico encubierto, que ya sea de forma consciente o inconsciente, genera muchísimo malestar a quien se ve sumergido en esta manera de afrontar los conflictos.
Porque además, no solo existe un silencio en la comunicación verbal, también puede producirse aislamiento emocional y físico.
Esta conducta tiene el objetivo de invisibilizar a alguien y anularlo, dejamos de hablarle sin tener en cuenta lo que dice, piensa o siente, fingiendo que no se le escucha y evitando su compañía.
Puede parecer que las personas que llevan a cabo este tipo de comportamientos con otras gozan de un gran autocontrol y raciocinio, pero no confundamos las cosas. Existe una clara diferencia entre dejar reposar un conflicto o necesitar cierto tiempo para poder afrontarlo, e ignorar a la persona por completo, sin escuchar lo que tiene que decir invalidando sus emociones de forma reiterada.
Aunque habitualmente va ligado a un conflicto previo que desencadena este comportamiento, puede darse también de forma inesperada. Es decir, que la persona ignorada no sepa porque se le deja de hablar, ya que el otro no se lo expresa. Simplemente ocurre, dejando a la persona que lo sufre descolocada y sin posibilidad real de afrontar el conflicto porque no sabe de dónde viene o porqué se produce.
Ser ignorado por algún familiar, amigo o pareja puede resultar realmente doloroso. Evidentemente cuanto mayor sea el vínculo afectivo mayor será el sufrimiento y estrés que experimentaremos.
Tanto si estamos en un lado de la moneda u otro, ya sabemos que no es una buena forma para gestionar un conflicto. No somos educadores de nadie, las relaciones deben darse de igual a igual.
Imponer nuestros pensamientos o ideas no va a cambiar el comportamiento del otro, no es la forma de llegar a un acuerdo y mucho menos empleando un comportamiento que se parece más al chantaje que a la búsqueda de la solución.
No debemos pensar que el silencio impuesto es una herramienta educativa, a veces las personas necesitarán oír qué sentimos y pensamos para poder entendernos. No podemos jugar siempre a pretender que nos lean la mente para saber qué pensamos y necesitamos.
Ignorar en este contexto puede deteriorar las relaciones. Aunque estemos enfadados debemos dar la oportunidad a las personas con las que mantenemos vínculos a explicarse y dar su opinión.
En pareja siempre es mejor hablar desde las emociones que desde las acusaciones y el rencor. Si centramos nuestro diálogo en lo que sentimos, en las consecuencias que estamos pudiendo sufrir de ciertos comportamientos de otra persona, estaremos ayudando a que se active la empatía y la escucha.
Si hablamos desde el reproche solo estaremos provocando actitudes defensivas en los demás y en nosotros mismos cuando nos vuelvan.
La teoría parece fácil y es de sentido común, pero luego en la práctica no es tan sencillo. En ocasiones priorizamos el “tener razón” a solucionar los problemas, la lucha de egos es frecuente, y no siempre tenemos la empatía y humildad suficientes para abordar un conflicto en pareja.
Por todo ello, la terapia de pareja puede ser una gran aliada en estas situaciones, en las que ambos miembros de la pareja desean salir de este ciclo negativo pero sus mecanismos de respuesta no son los más adecuados.
El foco se centrará en identificar y realizar una mejor gestión de las emociones, así como conocer los mecanismos de acción disfuncionales que hacen que el conflicto perdure.
De forma que, con el trabajo terapéutico, la pareja pueda comprender mejor qué está pasando en su relación y cómo avanzar hacia un modelo más empático y compasivo, a través de la disponibilidad del otro y el involucramiento, siempre desde la responsabilidad afectiva.

